Por primera vez en la historia, investigadores han conectado la función de comunicación del cerebro humano, incluyendo voz y lenguaje corporal, a un cuerpo virtual
Redacción
El cuerpo biológico es una maravilla de la evolución que desgraciadamente viene con fecha de caducidad: se fatiga, enferma y se apaga sin remedio. La idea de desenchufar la mente de la carne para encenderla dentro de un chasis que no envejezca siempre ha sido una fantasía de la humanidad reservada para vendehúmos o novelas ciberpunk. Una fantasía que, sin embargo, podría ocurrir en el futuro muy lejano.
Un trabajo recién publicado en Nature Neuroscience acaba de colocar un importante ladrillo real en esa dirección: científicos de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) han logrado, mediante un único implante cerebral, descodificar de forma simultánea lo que una persona quiere decir y cómo quiere gesticularlo. Han conectado la función de comunicación de nuestro cerebro, incluyendo el esencial lenguaje corporal, a un cuerpo. Aunque sea virtual.
El dispositivo intercepta órdenes motoras mientras ‘lee’ el habla. Mediante una malla de 253 electrodos de electrocorticografía colocada sobre la superficie del córtex sensoriomotor —la centralita donde el cerebro planifica el habla y el movimiento—, el sistema capta los impulsos eléctricos que los pacientes intentan enviar a sus músculos inertes. En personas que han perdido el habla y la movilidad a causa de un ictus en el tronco encefálico o por esclerosis lateral amiotrófica (ELA), el ‘cable’ de comunicación está cortado, pero la central sigue emitiendo órdenes intactas. El implante las recoge.

Hasta ahora, las conexiones cerebro-ordenador eran herramientas muy limitadas. O conseguían extraer unas cuantas palabras reproducidas por un sintetizador de voz robótico, o lograban mover un cursor en un monitor, o cerraban una pinza mecánica. Jamás ambas funciones al mismo tiempo. El problema es que los seres humanos no nos comunicamos como una máquina: hablamos moviendo las manos, asintiendo o encogiéndonos de hombros. Como señala el neurocirujano Edward Chang, autor principal de la investigación, en el comunicado oficial de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH): “La conversación va mucho más allá de las palabras que se pronuncian. Es un proceso dinámico y con múltiples capas en el que participa todo el córtex motor”.
Del algoritmo al cuerpo físico
El gran temor del equipo médico era que intentar hablar y gesticular a la vez saturara el implante, provocando que las señales se solaparan y el sistema terminase en un caos de interferencias. Ocurrió justo lo contrario. La clave ha sido la inteligencia artificial. Al entrenar a los modelos de aprendizaje automático con datos de intentos simultáneos de habla y movimiento, el modelo aprendió a discriminar ambos canales con una soltura imprevista, reduciendo drásticamente los falsos positivos. “Esta prueba de concepto demuestra que es posible que una interfaz cerebro-ordenador devuelva parte de esa libertad y esa flexibilidad”, apunta Chang.
Las pruebas no son del todo perfectas. De los tres participantes del estudio, solo dos completaron las pruebas de conversación interactiva en tiempo real frente a un avatar digital. Uno de ellos alcanzó una precisión media del 100% descodificando tanto el habla como los gestos a lo largo de varios bloques experimentales, pero en el segundo voluntario las cifras fueron más bajas.
Además, los individuos estaban atados físicamente al laboratorio mediante un cable que atraviesa el cuero cabelludo hasta una torre de proceso. El grupo de Chang ya prepara los ensayos de una versión inalámbrica e integrada por completo bajo la piel, pero el salto del laboratorio a la implementación comercial llevará años de mucho trabajo.

Aun así, el avance es clave. Ese avatar tridimensional que habla y gesticula en una pantalla no es solo una animación 3D. Es una prótesis virtual total, un cuerpo entero respondiendo en directo a la voluntad consciente de un ser humano. A la corteza cerebral le da exactamente igual si la mano que ejecuta su orden está hecha de tendones, de polígonos de silicio o de fibra de carbono con servomotores hidráulicos. El patrón eléctrico que genera el cerebro para moverla es el mismo. Si una sola interfaz puede sincronizar la voz y la expresión corporal de un doble virtual, pilotar un receptáculo físico artificial en el mundo real deja de ser una imposibilidad teórica y pasa a ser un problema exclusivo de ingeniería mecánica y los algoritmos de control de esa máquina.
El futuro lejano
Si alguna vez se consigue ese sueño de la ciencia ficción, no todo será alegría. La factura ética y social llegará en la misma caja que el cuerpo. Cuando tu presencia física dependa de un soporte ajeno, tu capacidad para relacionarte con el mundo quedará supeditada al fabricante del dispositivo, a sus condiciones de servicio y a la obsolescencia programada. Como todo lo demás.
Por no hablar de la privacidad: un sistema capaz de descodificar intenciones mecánicas con tanta fidelidad registra decisiones milisegundos antes de que se manifiesten exteriormente. Jueces, aseguradoras y corporaciones van a querer monitorizar ese tráfico de datos mucho antes de que la sociedad aprenda a blindarse frente a semejante nivel de intrusión.

Pero parece inevitable que, como todo lo que hemos imaginado desde que empezamos a soñar, en el futuro habrá una manera de meter nuestra mente en cuerpos sintéticos, como en la serie de Westwood. No sabemos si dentro de medio siglo los seres humanos conversarán desde cuerpos alquilados o comprados a plazos, ni qué quedará del concepto de identidad física cuando el cerebro pueda mudarse de soporte, o qué pasará cuando podamos también capturar esa mente orgánica en una sintética dentro de un cuerpo cibernético. Por ahora, lo que ha demostrado este experimento en California es que el cableado de la mente ya sabe proyectarse fuera del envoltorio original sin perder los matices de la expresión humana. Resulta que lo que muchos autores de ciencia ficción propusieron era real: la carne solo era un borrador.
Fuente: El Confidencial