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    Angélique Kidjo, la artista que cambió cómo el mundo escucha a África

    La primera cantante africana negra en ser reconocida en el Paseo de la Fama de Hollywood lleva más de cuatro décadas demostrando que la música del continente nunca necesitó adaptarse para ser universal

    Redacción

    Cuando Angélique Kidjo se arrodilló el pasado 18 de agosto sobre el pavimento de Hollywood Boulevard para descubrir la estrella con su nombre, la escena tenía algo de reparación histórica. A su alrededor se agolpaban cámaras, curiosos y admiradores. Posiblemente, unos metros más allá, decenas de turistas seguían buscando los nombres de Marilyn Monroe, Michael Jackson, Frank Sinatra o Stevie Wonder incrustados en la acera más famosa del mundo.

    Desde ahora, entre esas más de 2.800 estrellas, también figura la de una mujer nacida en Ouidah, una pequeña ciudad costera de Benín, uno de los grandes puertos desde los que durante siglos partieron hacia América cientos de miles de africanos esclavizados. Kidjo se ha convertido así en la primera artista africana negra en recibir este reconocimiento, señala El País en su sección de Planeta Futuro. Hasta ahora, los únicos nombres nacidos en África presentes en el Paseo de la Fama eran los de dos sudafricanos blancos, la actriz Charlize Theron y el actor Basil Rathbone.

    Angélique Kidjo en la ceremonia en la que fue homenajeada con una estrella en el Paseo de la Fama / RIVER CALLAWAY – GETTY IMAGES

    Se trata de un hecho que trasciende con mucho el ámbito musical. Podría parecer simplemente un premio más para una artista acostumbrada a los honores. Cinco Premios Grammy, el Polar Music Prize—considerado el Nobel de la música—, doctorados honoris causa, reconocimientos de Naciones Unidas, de Amnistía Internacional y de algunas de las instituciones culturales más prestigiosas del mundo avalan una carrera extraordinaria.

    Pero la estrella de Hollywood tiene un valor diferente. No solo distingue a Angélique Kidjo, sino que también evidencia el tiempo que ha tardado una de las industrias culturales más influyentes del planeta en reconocer a una artista africana negra. Más de 70 años después de la creación del Paseo de la Fama, Hollywood incorpora por fin a una artista africana negra a uno de sus símbolos más universales, un espacio que durante décadas celebró el talento mundial sin apenas mirar hacia el continente.

    Quizás por eso, el debate no debería centrarse en dilucidar si Kidjo merece una estrella, sino en saber por qué Hollywood ha tardado tanto en reconocerla y con ella a tantos artistas africanos.

    Durante buena parte del siglo XX, África fue presentada al mundo a través de una colección de imágenes repetidas hasta dar forma a la idea del continente que todavía mantienen muchos occidentales. Era el lugar de Tarzán y de los exploradores blancos. De los grandes safaris y los atardeceres infinitos. De las sabanas espectaculares de Memorias de África. De las hambrunas televisadas desde el Sahel o Etiopía. De las campañas de ayuda humanitaria. Del apartheid sudafricano. De los golpes de Estado y las guerras civiles.

    Más tarde llegarían las imágenes de niños soldados, epidemias o embarcaciones precarias repletas de personas migrantes buscando una vida más digna fuera de sus países. Incluso cuando el continente aparecía asociado a historias admirables, como las luchas por la independencia o el fin del régimen racista sudafricano, lo hacía casi siempre desde la política o el conflicto.

    Hollywood contribuyó decisivamente a construir ese imaginario. África era el escenario donde otros vivían aventuras o encontraban su redención personal. Los africanos rara vez ocupaban el centro del relato. Eran figurantes, víctimas o personajes secundarios.

    El debate no debería centrarse en dilucidar si Kidjo merece una estrella, sino en saber por qué Hollywood ha tardado tanto en reconocerla y con ella a tantos artistas africanos

    La música tampoco escapó a esa mirada. A finales de los años ochenta, cuando las grandes discográficas acuñaron la etiqueta world music, lo hicieron con la intención de facilitar la comercialización de músicas procedentes de Asia, América Latina o África. El término ayudó a dar visibilidad a muchos artistas, pero también creó una frontera invisible.

    Mientras el rock, el jazz o el pop eran considerados géneros universales, la música africana quedaba confinada a una categoría aparte, casi antropológica, como si perteneciera más al ámbito del folclore que al de la creación contemporánea. La denominación sugería que existía una música “normal” -la occidental- y otra música, la del resto del planeta.

    Sin embargo, África está en la génesis de gran parte de la música popular contemporánea. Muchos de los ritmos que dieron forma al jazz, al blues, al soul, al funk o incluso al rock tenían profundas raíces africanas. Las personas esclavizadas que cruzaron el Atlántico llevaron consigo patrones rítmicos, formas de cantar y maneras de entender la música que sobrevivieron al horror de la esclavitud y terminaron transformando la cultura popular del siglo XX. Sin embargo, mientras la influencia africana impregnaba la música occidental, los artistas africanos seguían teniendo enormes dificultades para ser reconocidos como protagonistas de esa misma historia.

    Angélique Kidjo baila con Nafi Diabate en la ceremonia celebrada en Los Ángeles / CHRIS PIZZELLO – AP

    Con anterioridad a Angélique Kidjo, Miriam Makeba había llevado la lucha contra el apartheid a los escenarios internacionales y Youssou  o Salif Keita habían empezado a demostrar que la música africana podía cruzar fronteras. Pero fue Kidjo quien terminó de romper la barrera que confinaba a los artistas africanos en el estrecho saco de la world music.

    Cuando comenzó su carrera, esa era la realidad que encontró. Nació en 1960 en Ouidah, una ciudad donde la memoria de la esclavitud convive con una intensa tradición cultural y un gran sincretismo religioso. Hija de un músico y de una directora de teatro, creció entre escenarios, ensayos y canciones. Desde muy joven comprendió que la música podía ser un espacio de libertad. También descubrió que la libertad tenía límites.

    Muchos músicos africanos instalados en Europa aceptaban el papel que el mercado les reservaba de ser simplemente guardianes de una tradición exótica destinada a un público minoritario

    Tras la instauración del régimen marxista-leninista de Mathieu Kérékou, en 1974, la censura y el control político se intensificaron en Benín. Muchos artistas e intelectuales fueron perseguidos o vieron restringida su libertad de expresión. En ese contexto, Angélique Kidjo abandonó su país y se instaló en París a comienzos de los años ochenta.

    Ese exilio resultó decisivo. Muchos músicos africanos instalados en Europa aceptaban el papel que el mercado les reservaba de ser simplemente guardianes de una tradición exótica destinada a un público minoritario. Kidjo eligió otro camino.

    Kidjo nunca quiso ser la cantante africana que los europeos esperaban encontrar. Quiso ser simplemente una gran artista. Por eso mezcló sin complejos los ritmos de Benín con el funk de James Brown, el jazz, la salsa, el rock, la música brasileña o el pop. Cantó en fon, yoruba, francés e inglés. Colaboró con numerosos artistas internacionales y en los últimos años con muchos africanos.

    Su mayor éxito ha consistido en no hacer la música africana más accesible para Occidente, sino en convencer a Occidente de que esa música siempre había formado parte de la conversación cultural del mundo.

    Pero reducir Angélique Kidjo a una cantante sería ignorar una parte esencial de su trayectoria. Desde muy pronto entendió que el reconocimiento internacional le otorgaba una plataforma que podía utilizar para algo más que presentar discos o llenar auditorios. La convirtió en un altavoz para defender una visión distinta de África y para denunciar las desigualdades que siguen condicionando la vida de millones de personas en el continente.

    Fuente: El País