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    Los Nobel premian a los descubridores de los mayores enigmas científicos

    Los galardones de Física, Medicina y Química honran a los investigadores sobre el universo, la vida y la consciencia

    Redacción

    Los premios de Física, Medicina y Química reconocen descubrimientos que parten de lo diminuto para acercarse a algunos de los mayores enigmas científicos: el universo, la vida y la consciencia

    La ciencia moderna ha aprendido a defenderse con una palabra formidable: utilidad. Investigamos para curar enfermedades y hacer más habitable el mundo; también, para luchar guerras, multiplicar fortunas y fabricar necesidades que nadie sabía que tenía. Pero hay preguntas científicas que surgen de las profundidades de lo humano y que ni siquiera la confusión de la modernidad ha conseguido ofuscar del todo.

    ¿De qué está hecho realmente el universo? ¿Qué extraño orden hace posible la materia viva? ¿Cómo puede un pedazo de materia llegar a pensar que existe? Este año, los premios Nobel parecen haberse confabulado para honrar a los audaces de enfrentarse a preguntas de esta estirpe.

    Empecemos por el Nobel de Física. El neutrino es quizá la más fantasmal de las partículas elementales: carece de carga eléctrica, tiene una masa diminuta y atraviesa casi toda la materia sin dejar rastro. Pauli postuló su existencia en 1930 para explicar la energía que parecía desaparecer en ciertas desintegraciones radiactivas y, desde entonces, su misterio no ha hecho sino crecer.

    Sabemos que los neutrinos tienen masa y cambian de identidad mientras viajan, pero ignoramos por qué esa masa es tan pequeña y cómo encajan en una teoría completa de las partículas fundamentales. Son, a la vez, habitantes y grietas del edificio de la física contemporánea. Y precisamente porque apenas interactúan con la materia, pueden atravesar el universo casi intactos, trayendo noticias que la luz no puede revelarnos. De ahí surgió la pregunta: ¿podríamos utilizar esas partículas casi inasibles para estudiar el universo?

    La respuesta de Francis Halzen fue IceCube: convertir un kilómetro cúbico del hielo antártico en un gigantesco telescopio para atrapar neutrinos. Halzen confesaba que su desconocimiento de ciertos problemas de la óptica del hielo había resultado providencial: de haber leído antes por qué aquello difícilmente podía funcionar, quizá nunca lo habría intentado. Cuando un entrevistador le señaló la suerte que había acompañado aquella aventura, Halzen respondió con una frase que podría servir de divisa a estos Nobel: “Sin duda. Pero a menos que te atrevas, no puedes tener suerte”.

    MOLÉCULAS

    El Nobel de Química se acerca a una pregunta aún más antigua: qué distingue a lo vivo de la materia que no vive. La vida muestra una misteriosa predilección por la asimetría. Muchas moléculas existen en dos formas especulares o quirales, semejantes a nuestras manos: tienen los mismos componentes, pero una no puede superponerse a la otra. La química ofrece las dos manos; la vida, misteriosamente, ha escogido una para construir sus proteínas y la contraria para los azúcares de sus ácidos nucleicos.

    No es una exquisitez geométrica. La tragedia de la talidomida mostró brutalmente hasta qué punto la orientación de una molécula puede importar. Administrada a embarazadas para aliviar las náuseas a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, provocó graves malformaciones en miles de bebés. Una de sus formas quirales se asoció al efecto terapéutico y la otra al teratogénico. La diferencia entre una molécula y su imagen en el espejo podía separar, así, el remedio de la catástrofe.

    La optogenética, la técnica ganadora del Nobel de Medicina, se acerca a otro misterio formidable: el cerebro humano, esa materia complejísima con la propiedad de pensar sobre sí misma. Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN, dedicó sus últimos años a la consciencia y llegó a imaginar que la luz podría permitirnos controlar neuronas con la precisión necesaria para interrogarla.

    La premonición de Crick se materializó desde un lugar improbable. Peter Hegemann y Georg Nagel estudiaban cómo el alga unicelular Chlamydomonas se orienta hacia la luz, cuando identificaron las channelrhodopsinas, proteínas sensibles a ella. Karl Deisseroth y sus colaboradores comprendieron después que aquel mecanismo podía trasladarse a las neuronas y, en 2005, demostraron que podían activarlas con pulsos de luz. Había nacido la optogenética: la posibilidad de intervenir sobre neuronas concretas para descubrir qué percepciones, movimientos o conductas dependen de ellas, usando luz.

    Hay algo humilde y a la vez desmesurado en estos tres premios. Ninguno pretendió resolver el universo, la vida o la conciencia: buscaron una partícula, una proteína, una reacción, porque en el detalle se insinuaba un misterio mayor. Y en los tres casos, entre la pregunta y la respuesta se coló un personaje que nuestra época racionalista preferiría desterrar: el azar. La serendipia no es ignorancia ni milagro, sino el encuentro improbable entre el accidente y una inteligencia preparada para reconocer, de pronto, aquello que buscaba sin saber todavía cómo encontrarlo.

    Fuente: elpais.com