Un millar de voluntarios soterró ropa interior por toda Suiza en un insólito estudio del centro de investigación agraria
Redacción
Dos parcelas de tierra pueden parecer casi idénticas desde arriba a nuestros ojos. Ambas muestran hierba y otras plantas,y reciben lluvia. Sin embargo, bajo la superficie quizá estén sucediendo fenómenos muy distintos. A simple vista, cuesta distinguirlas.
Surge entonces una pregunta que afecta a agricultores, jardineros y, en realidad, a cualquiera que dependa de los alimentos de cultivo: ¿cómo averiguamos si esa fina capa de tierra funciona adecuadamente? Buena parte de lo crucial permanece escondido. Color, textura o vegetación ofrecen pistas, pero no bastan para revelar el incesante trasiego que mantiene operativo ese pequeño universo.
Un equipo coordinado desde Agroscope, el centro suizo de investigación agraria, decidió abordar el problema mediante una estrategia tan sencilla que parece una broma: reclutó a ciudadanos de todo el país y les pidió enterrar calzoncillos de algodón. Aquellas prendas iban a servir como testigos de algo que se desarrolla continuamente bajo nuestros pies, informa Muy Interesante.

Antes de desenterrar nada conviene entender qué pretendían observar. El suelo no es únicamente el soporte marrón donde arraigan los vegetales. Alberga bacterias, hongos, pequeños animales y otros organismos que integran una comunidad de enorme complejidad.
La descomposición consiste precisamente en convertir materiales complejos —hojas caídas, madera o cadáveres— en sustancias más simples. Por eso, constituye una pieza esencial tanto para la fertilidad como para los ciclos del carbono y los elementos que necesitan las plantas. Los especialistas consideraron que semejante proceso ofrecía un indicador del funcionamiento de esa comunidad.
Los calzoncillos proporcionaban una especie de merienda estandarizada a esa maquinaria subterránea. Su tejido era algodón orgánico y, salvo costuras y cintura, estaba compuesto por material biodegradable.
La elección no era decorativa: todos debían recibir prácticamente el mismo sustrato para permitir comparaciones posteriores. El algodón contiene sobre todo celulosa, un compuesto formado por largas cadenas de azúcares que numerosos microorganismos son capaces de descomponer.
Influyen humedad, temperatura, composición química, manejo y características físicas. Pero, si se ofrece el mismo alimento durante el mismo intervalo en muchos lugares, cuánto queda después aporta una pista sobre la intensidad de esa maquinaria viva. Esa era la apuesta.

La extravagancia estuvo acompañada por un protocolo bastante menos cómico. Alrededor de 1.400 personas solicitaron sumarse en pocos días. Los responsables seleccionaron aproximadamente mil con una distribución geográfica amplia.
Cada colaborador recibió dos unidades blancas de algodón orgánico, doce bolsitas de té, una bolsa para recoger tierra e instrucciones detalladas. Debía cavar un hoyo, colocar las dos prendas verticalmente y cubrirlas hasta unos ocho centímetros de profundidad, con la cintura asomando. Junto a ellas introducía té verde y rooibos.
Gesto doméstico
El paquete convertía así un gesto doméstico en un procedimiento repetible: idéntica ropa, pautas comunes y periodos de exposición equivalentes.
¿Por qué té? La ecología ya dispone del Tea Bag Index, un procedimiento que emplea bolsitas con materiales vegetales de composición conocida para estudiar cómo avanza su degradación.
Transcurridos unos treinta días, los voluntarios recuperaron la primera prenda y sus correspondientes bolsitas. Un mes más tarde hicieron lo mismo con la segunda. Todo regresaba a Agroscope, donde el equipo lo examinaba junto con las muestras recogidas. La ocurrencia doméstica se había convertido en un ensayo distribuido por un país entero.

Algunos calzoncillos habían desaparecido
Llegó entonces el momento de averiguar qué había sucedido. Al cabo del primer mes, las prendas habían perdido de media alrededor del 10,1 por ciento de su extensión. Tras dos meses, la cifra ascendía al 50,45.
Había que traducir semejante espectáculo a cifras. Limpiaron los restos, abrieron cada pieza por los lados y la extendieron sobre un fondo azul. Después, tomaron fotografías desde una altura fija y utilizaron análisis digital de imágenes para calcular cuántos píxeles correspondían todavía al tejido.
También midieron la pérdida de peso. Ambas magnitudes guardaban una relación fuerte, aunque el área resultó más fiable porque partículas de tierra adheridas podían alterar la báscula. Así nació el Underpants Index; literalmente, el Índice de los Calzoncillos: la proporción perdida respecto a una pieza nueva.
La merienda había servido. Sus comensales seguían ocultos, pero el festín dejaba una huella cuantificable. Además, el índice de la ropa interior se correlacionó significativamente con el basado en las bolsitas de té.
Los jardines comieron más que los céspedes
La sorpresa principal surgió al cotejar emplazamientos. Los jardines privados encabezaron la clasificación: después de dos meses habían consumido, en promedio, cerca del 58 por ciento de cada pieza. En el extremo contrario quedaron los céspedes, con alrededor del 40. Los campos de cultivo alcanzaron cerca del 51 y los pastizales permanentes, un 47.
Aquí conviene frenar antes de convertir el cajón de la ropa interior en instrumental de laboratorio. Los autores sostienen que su índice brinda una primera impresión informativa del dinamismo biológico y de determinadas características relacionadas con fertilidad y salud. No afirman que una prenda enterrada diagnostique por sí sola todo un ecosistema.

El mérito del experimento tampoco consiste en descubrir que el algodón se pudre cuando permanece enterrado. Lo relevante es demostrar que esa degradación, aplicada de forma estandarizada y contrastada con otros indicadores, abre una ventana sencilla hacia procesos difíciles de rastrear directamente.
Por eso, 2.000 calzoncillos cambian algo más interesante que nuestro concepto de instrumental científico. Nos obligan a mirar hacia abajo. Aquello que solemos llamar simplemente “tierra” alberga dinamismo, contrastes e historias imperceptibles desde la superficie. Quizá esa sea la lección más inesperada del proyecto suizo: para hacer visible uno de los ecosistemas más discretos del planeta, a veces basta con enterrar algo que jamás imaginaríamos formando parte de un experimento científico.
Fuente: Muy Interesante