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    Sara Flores, la artista indígena del Amazonas

    Por primera vez, el pabellón de Perú de la Bienal de Venecia estará ocupado por una artista de un pueblo indígena. En su estudio de la Amazonía, diseña y pinta el kené sobre tela

    Redacción

    Por todas partes en Pucallpa, en la Amazonía peruana, hay unos patrones geométricos en forma de redes que recuerdan a fractales o laberintos en expansión. Están en las paredes de las casas, en los letreros de los comercios, en postes y pilares, en el centro urbano y también en las carreteras. Son los kené, los diseños ancestrales del pueblo shipibo-conibo, que se asienta a lo largo del río Ucayali, afluente del Amazonas.

    El kené existe desde hace siglos. Durante mucho tiempo fue conocido como artesanía —sobre textiles, cerámica o bisutería—, pero hoy ocupa un lugar distinto. “Es artesanía, pero también es arte”, afirma Sara Flores (76 años) mientras dibuja en su estudio. “Artesanía por lo que ya se ha hecho, y arte por lo que creamos a partir de eso”.

    Aunque vive en Pucallpa, tiene un estudio a varios kilómetros, en plena selva, dentro del Multiverso Bakish Mai (Tierra del mañana), la institución educativa que fundó en lo que en otro tiempo fue un retiro de ayahuasca, el alucinógeno de los amazónicos. Kené y ayahuasca se encuentran ligados: los patrones del primero proceden de las visiones inducidas por la segunda.

    Pero el vínculo va más allá, puesto que ambos forman parte de la cosmovisión shipibo, de su forma de entender el mundo y de sus prácticas de sanación. Según la tradición, los diseños del kené proceden de Ronin, la anaconda primordial creadora de la vida y el universo. Bakish significa tanto “ayer” como “mañana”, y no es casual que los shipibo denominen del mismo modo ambas temporalidades. “Quien toma ayahuasca ve el arte en su cabeza”, incide. “Y el arte representa nuestra forma de vida en la selva”.

    En mayo, esa forma de vida llegará hasta la Bienal de Venecia, el mayor evento del arte contemporáneo global. Por primera vez, el pabellón oficial de Perú estará representado por una artista indígena, que será Sara Flores. La decisión del Patronato Cultural del Perú se suma a un creciente reconocimiento internacional del arte amazónico, a través de nombres como Chonon Bensho, Lastenia Canayo, Olinda Silvano, Santiago y Rember Yahuarcani o Nereyda López. Este año, la selección de la exposición central de la Bienal —no articulada por pabellones nacionales— incluirá a la ceramista shipibo Celia Vásquez Yui.

    Pero Flores ha alcanzado otro estatus. El año pasado también se convirtió en la primera artista indígena en tener una exposición individual en el Museo de Arte de Lima (Mali). Colecciones como la del Guggenheim y el MET de Nueva York han adquirido obra suya. Y actualmente trabaja con la White Cube, que ya ha presentado su obra en sendas muestras en París y Londres, y planea llevarla a Nueva York este verano.

    INTERCONEXIÓN

    Jay Jopling, fundador de la galería, emplea términos entusiastas al explicar los motivos por los que decidió incorporarla a su exclusiva nómina de artistas: “Sara sigue expandiendo las posibilidades de la pintura. Su obra es premonitoria y profunda, habla de la interconexión de todo y nos recuerda cómo la humanidad necesita mantenerse respetuosa con nuestro frágil lugar dentro del orden natural del mundo”.

    Por otro lado, su colaboración reciente con la casa Dior, que produjo una edición limitada del bolso Lady Dior con un diseño suyo, generó críticas en Perú, donde algunos consideraron que implicaba una banal mercantilización de su expresión artística. Sin embargo, Flores explica que aceptó el encargo por respeto a la maestría de la maison francesa. Para ella, el kené requiere dos elementos: el menin, la habilidad técnica, y el shinan, la creatividad individual.

    El kené se transmite de madres a hijas, de forma matrilineal, y así lo aprendió Sara. “De niña yo era curiosa, y miraba lo que hacía mi mamá pintando su tela. Yo agarraba un pedacito y, poco a poco, también pintaba”. Su madre y otras amigas iban a vender sus telas al cercano Hospital Amazónico, centro médico fundado por el alemán Teodoro Binder, cuya esposa, Carmen Koch, era amante de la artesanía local. “Las mamás shipibo le llevaban sus telas, pero casi todo se lo compraba a mi mamá, porque le parecía que lo suyo era mejor. Con 15 años yo ya sabía pintar, y empecé a llevar también mis telas a la señora Carmen, y ella me las compraba. Eso me animó a seguir”.

    Cuando Sara estaba vendiendo sus obras por precios irrisorios —en ocasiones, solo a cambio de ropa usada—, se hizo amiga de una extranjera llamada Carolina, que le dio consejos: “Me dijo: ‘Mira, Sara, tu trabajo es muy bonito, pero tienes que hacer dos cosas. Una es coser el borde de la tela para que piensen que está terminada, y otra poner tu firma, tus iniciales’. SFV: Sara Flores Valera”. Desde entonces, todos sus trabajos llevan esas tres letras.

    Fuente: elpais.com