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    Noruega aparta las tabletas para salvar la democracia con libros

    El país nórdico busca salir de la crisis lectora europea apostando por la literatura infantil

    Redacción

    “Somos demasiado ricos, así que hacemos cosas estúpidas con el dinero”, asegura Trine Skei Grande, exministra noruega de Cultura y de Educación y hoy directora de la Asociación de Editores Noruegos. De estupidez calificó la decisión que se había tomado hace diez años para que cada niño tuviera una tableta solo entrar en la escuela.

    El resultado ha sido una fuerte bajada en los índices de comprensión lectora y en el disfrute lector –aunque muy superiores a los catalanes– que están intentando enderezar con programas que además de la escuela llegan a las bibliotecas del país.

    “Medio millón de noruegos –un 10%– leen tan mal que apenas pueden entender un mensaje de texto o un manual de instrucciones, y uno de cada cinco niños no puede ni leer los subtítulos de una película”, dice Grande, quien añade que tienen una lengua “de cocina”, con un vocabulario de 17.000 palabras que no les sirven para expresarse bien.

    Para ella eso es un ataque en la línea de flotación de la democracia y la libertad de expresión, y más teniendo en cuenta, como recuerda Grande, que “la historia de Noruega está ligada a la lengua”: descendiente del nórdico antiguo, actualmente hay una fuerte conciencia de los dialectos orales, mientras que al mismo tiempo hay dos estándares escritos diferentes oficiales, convertidos en símbolo identitario, el bokmål, más extendido y con lazos directos con el danés, y el nynorsk, de ámbito más restringido pero también literariamente muy potente –sin ir más lejos, es el que utiliza el premio Nobel Jon Fosse–.

    También están las lenguas sami de los lapones, y el kven, de los inmigrantes fineses a partir sobre todo del siglo XVIII, con estatus oficial. “Los niños noruegos estaban entre los mejores lectores del mundo, pero hoy 15.000 alumnos acaban la escuela sin ser capaces de leer bien. Esto es serio”, aseguró en julio el primer ministro, a Jonas Gahr Store, al anunciar una serie de medidas para remontar la situación.

    Algunas de las soluciones son paralelas a las que se utilizan aquí, como llevar a los escritores a las escuelas o dedicar más tiempo a la lectura en clase, además de prohibir la entrada de los móviles en las aulas.

    LADILLO

    Una de las iniciativas es el programa Boklek (juego de libros, que arrancó a Lillehammer, ciudad que también aloja el gran festival literario del país. Su directora, Marit Borkenhagen, explica que tienen “una perspectiva a largo plazo, pero los resultados ya se están notando y tenemos motivos para el optimismo”. “Con una combinación entre el aprendizaje y el juego, basados en la libertad de los maestros, intentamos que haya una continuidad lectora entre la guardería y la primaria, y también damos mucha importancia a las bibliotecas, pero no solo para que lean, sino para que se lo pasen bien leyendo”.

    La capital, Oslo, hizo una gran inversión en la nueva biblioteca Deichman Bjørvika, que hace de central y abastece al resto de la ciudad, y se ha convertido en un centro de irradiación cultural de primer nivel, junto al museo Munch y la ópera. Con 13.500 m2, además de libros hay zonas para hacer música, coses o trabajar la impresión en 3D, pero también han buscado la manera para que los jóvenes conecten.

    Los resultados ya se están notando y tenemos motivos para el optimismo

    MARIT BORKENHAGEN

    De una manera similar trabajan en al menos una de las dos bibliotecas exclusivas para niños de 10 a 15 años, Biblo Tøyen, donde de hecho los adultos tienen la entrada prohibida. “No puede entrar ni el primer ministro ni la realeza, y eso que lo han intentado”, cuenta su directora, Ida Blixt Teige, que añade que gracias a esta iniciativa, que acaba de cumplir diez años, los jóvenes tienen un lugar donde encontrarse con los libros en el centro, aunque al principio no es lo primero que buscan: “No les puedes presionar, lo primero en un barrio trabajador como este fue sacar a los chicos de la calle, y después de las pantallas.

    Ellos mismos incluso reconocen que están mejor cuando dejan el móvil, y desde que los prohibimos vienen más que antes. Muchos quizá no leían porque tenían demasiadas distracciones. Aquí encuentran un espacio que sienten suyo, donde se crea un sentido de sorpresa, y poco a poco se acercan a la lectura, a su ritmo y sin presión”. Eso sí, tanto en bibliotecas como en librerías, un espacio importante se lo llevan los libros en inglés, un hecho con dos caras, porque mejoran en una lengua importante, pero extranjera, a costa del conocimiento de su propia lengua y literatura.

    Fuente: lavanguardia