Líderes campesinas fomentan métodos de cultivo sostenibles mientras introducen en su discurso distintas nociones de feminismo
Redacción
En un país tan patriarcal como Indonesia, Sayu Komang vende su cóctel de feminismo y agroecología puerta a puerta, adentrándose con sutileza en los hogares de las campesinas. “Si organizara talleres comunitarios, es probable que solo acudieran hombres”, sostiene esta líder rural que lleva 25 años convenciendo a las agricultoras de Bali sobre la importancia de preservar sus semillas y formas de cultivo indígenas. “Me meto en sus casas, me enseñan su pequeña parcela de tierra, hablamos de recetas saludables, de remedios caseros, de ceremonias”.
En la famosa isla, de mayoría hinduista, se utiliza lo que da el suelo para un sinfín de rituales politeístas: “Honramos a Brahma, a Shiva, a otros dioses conectados con el agua, las plantas, los animales… ¡No sabe usted la cantidad de ofrendas que hacemos!”, dice, riendo.
La estrategia de Komang no enfrenta el machismo cara a cara. Más bien lo asume como algo, por ahora, inevitable. Pero surte efecto. Cuenta que los recelosos maridos bajan la guardia al comprobar que solo se trata de mujeres departiendo sobre fe, salud o alimentación. “Me resulta mucho más fácil acercarme a ellas a través de la idea de familia y de su capacidad de decisión en ese ámbito, que es casi total.
En charlas informales va calando un mensaje que aúna nutrición y cultura. Y que, confía, contribuye a ir resquebrajando barreras de género que, por el momento, ella prefiere limitarse a sortear. “Mediante la conversación sobre su realidad, sus pequeños o grandes problemas domésticos, surge el potencial para poner en valor ese legado que nos interesa conservar mientras empoderamos a las campesinas”, añade.
Si en Indonesia deben apañárselas para colar su relato en una atmósfera de machismo asfixiante, en Filipinas gozan de unos niveles de igualdad de género que son la envidia de toda Asia. Según un reciente informe del Foro Económico Mundial, Filipinas es el país con menor brecha entre hombres y mujeres de todo el continente. Ocupa el puesto 20 a nivel global, mientras que Indonesia cae al 97.
Desde las montañas que rodean a Pasil, un pequeño municipio en la isla de Luzón (Filipinas), Rowena Gonnay ha acudido a Terra Madre junto a otros miembros (casi todos mujeres) del pueblo indígena kalinga. Su activismo es similar al de Sayu Komang: luchar para que las semillas tradicionales no sucumban ante el empuje de lo transgénico y abogar por métodos orgánicos que frenen el deterioro medioambiental. Todo ello otorgando a las agricultoras un papel protagonista. Gonnay y Komang comparten fines, pero su contexto de lucha es bien diferente.
PROTAGONISMO FEMENINO
Gonnay explica que las principales autoridades agrícolas de su localidad, su provincia y su región son mujeres. En su comunidad, la fuerza física determina la labor a realizar: los hombres aran (con ayuda o no de bueyes) y las mujeres siembran. Todos participan en la cosecha y, explica Gonnay, prima un ambiente de respeto mutuo. Cuando enseña sobre abonos orgánicos o resiliencia climática, todos atienden sin miramientos.
La taiwanesa Xu Kung-lien también es parte de una delegación con preponderancia femenina y afirma sufrir discriminación cuando difunde las bases de la agroecología entre los arrozales de la región de Hualien, cuna de los amis, uno de los pueblos originarios de Taiwán. “Siento que los hombres me miran con desconfianza y no están muy dispuestos a escucharme. Su actitud es ‘qué va a venir a enseñarnos esta chica joven que no soportaría el trabajo duro que nosotros realizamos cada día”. Aunque Lien destaca que el ambiente en el campo taiwanés sigue siendo “muy tradicional”, ha observado que, en los círculos agroecológicos, suele haber un predominio de liderazgo femenino.

Pasado, futuro y un presente variopinto se entremezclan en la lucha de estas líderes agrícolas. “En realidad, no hay que enseñar nada nuevo: nuestro sistema tradicional de alimentación es puramente agroecológico. Quizá las campesinas puedan aprender, por ejemplo, nuevas formas de preparar fertilizantes orgánicos que desconocían, pero la esencia ya está en nuestro acervo cultural”, subraya Gonnay.
Sayu Komang abunda en esta idea de vuelta a costumbres más saludables para el planeta y los seres que lo habitan. “El conocimiento sobre agroecología está ahí, aunque ellas no lo llamen así. No hace falta que hablemos de permacultura o biodinámica; se trata más bien de encontrar las palabras en su propio idioma para, mediante la acción, integrar en su imaginario conceptos regenerativos: servirse de los recursos locales y de la enorme biodiversidad que tienen ante sí”.
Si como feminista Komang ha de nadar a contracorriente, su fomento de la agroecología tampoco ocurre en un contexto ideal. Indonesia es uno de esos países que, como Argentina con la soja, se han volcado durante las últimas décadas en promover monocultivos especialmente nocivos. Hoy produce el 58% del aceite de palma que se consume en el mundo. Pero Komang no se rinde. Se levanta cada mañana y acude puerta a puerta con su voz segura para transmitir un mensaje en el que caben la emancipación, los dioses hinduistas y las dietas sanas. Todo ello enmarcado en un principio bien simple: tratar con mimo a la madre tierra.
Fuente: elpais.com
