Hay vivencias que no se construyen desde el éxito, sino desde la supervivencia. La de la cirujana Susan Díaz es una de ellas
Redacción
Antes de convertirse en una cirujana facial de referencia y en una especialista reconocida en rinoplastia, Susan Díaz tuvo que aprender a volver a caminar, a mirarse al espejo y a aceptar que la vida que había conocido hasta entonces había desaparecido para siempre.
Como relata La Vanguardia, Susan Díaz tenía 25 años, vivía en Caracas y estaba terminando su residencia en cirugía general. Provenía de una familia de médicos, llevaba una vida estable y tenía claro su futuro profesional. Todo cambió en cuestión de segundos, durante un vuelo en una avioneta familiar que se estrelló cuando se dirigían a la isla de Margarita. En el accidente murieron su padre y su marido. Ella sobrevivió con el 80% del cuerpo quemado.
El impacto fue devastador, tanto física como emocionalmente. Susan pasó meses ingresada en la UCI, sufrió quemaduras severas en todo el cuerpo, perdió el cabello y tuvo que reaprender gestos tan básicos como caminar o mover las manos. Durante casi medio año estuvo hospitalizada y después comenzó un largo proceso de recuperación en casa, marcado por el dolor constante de las curas y por un duelo imposible de digerir.

La figura de su padre, médico y piloto, se convirtió desde entonces en el eje de todo. Según relata ella misma, él realizó una maniobra consciente para intentar salvar a los pasajeros que iban detrás, aun sabiendo que no sobreviviría. “Mi padre murió haciendo una maniobra para salvar a mi madre y a mí. Sabía que iba a morir y aun así lo hizo. Yo sentí que no podía permitir que ese sacrificio fuera en vano”, explica.
Ese pensamiento fue el ancla que la mantuvo con vida en los momentos más oscuros. La recuperación no fue solo física. También tuvo que enfrentarse a la pérdida de sus dos pilares emocionales, a la ruina económica de su familia (los socios de su padre quitaron el dinero de sus cuentas) y a la necesidad de abandonar Venezuela, un país que ya no podía habitar emocionalmente. “Todo me recordaba a mi padre. Yo no podía seguir allí”, recuerda.
Había momentos en los que no quería seguir viviendo, pero la terapia, la ayuda de la gente y la medicina me devolvieron poco a poco las ganas de estar aquí
Susan Díaz
Fue entonces cuando decidió marcharse a París, donde ingresó en una de las unidades de quemados más importantes del mundo. Allí no solo continuó su recuperación, sino que volvió a acercarse a la medicina desde el otro lado: el del paciente. Esa experiencia marcaría para siempre su forma de entender la cirugía. “Yo no era una doctora observando desde fuera. Yo había estado en la camilla, había sufrido complicaciones, miedo y dolor. Eso cambia tu manera de tratar a las personas”, afirma.
Después de intentar homologar su título en Francia, Susan llegó a España prácticamente sin recursos, con una maleta y sin papeles. Preparó el MIR en condiciones precarias y logró acceder a la especialidad de cirugía maxilofacial en el Hospital de La Princesa, en Madrid. Fueron cinco años de formación exigente que coincidieron con un proceso de reconstrucción personal. “Cada día era un día nuevo. Había momentos en los que no quería seguir viviendo, pero la terapia, la ayuda de la gente y la medicina me devolvieron poco a poco las ganas de estar aquí”, reconoce.

Con el tiempo, encontró su lugar en la cirugía facial y, especialmente, en la rinoplastia, una de las intervenciones más complejas y exigentes. Su elección no fue casual. “Es lo más difícil que hay y siempre me han gustado los retos”, señala. Hoy acumula más de mil pacientes operados y una trayectoria marcada por la precisión técnica y el acompañamiento humano.
Para Susan Díaz, la cirugía no es solo una cuestión estética. Es una herramienta de transformación emocional. “Muchas personas llegan con una autoestima muy baja. Cuando se ven mejor, cuando respiran bien y se reconocen en el espejo, mejora todo su entorno vital”, explica. Esa sensibilidad no se aprende en los libros, sino en la experiencia extrema de haber estado al límite.
Su historia es también la de una mujer que ha tenido que abrirse paso en un sector tradicionalmente dominado por hombres. A pesar de haber sido reconocida recientemente como la mejor cirujana de rinoplastia a nivel europeo, sigue reivindicando visibilidad y reconocimiento profesional. “Ser mujer sigue pesando, aunque tengas el mismo nivel o incluso más que otros colegas”, afirma.

Hoy, instalada en Barcelona y al frente de su propio proyecto profesional, Susan mira al futuro con ambición y gratitud. España, asegura, le dio la oportunidad de volver a empezar. Pero su verdadera brújula sigue siendo la misma desde aquel día del accidente. “Yo sigo aquí porque mi padre me salvó la vida. Todo lo que hago es para honrar eso”, concluye.
Fuente: La Vanguardia