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    La historia de los botones, diminutas joyas que se transformaron en moda

    Este pequeño accesorio, que sirve para abrochar las prendas, tiene su origen en la prehistoria, pero a partir de la Edad Media se convirtió en un símbolo absoluto del lujo de la realeza y la nobleza

    Schiaparelli fue pionera en el siglo XX en jugar con la estética de los botones.

    Redacción

    Pequeños, grandes, redondos, ovalados o cuadrados. Círculos caprichosos que acompañan las prendas de vestir para facilitar y embellecer la forma en que se ciñen al cuerpo abrazando los ojales de camisas, chaquetas, pantalones, faldas o zapatos. Son ellos, los botones, diminutos artilugios que nos acompañan desde tiempos lejanos, a pesar de que su origen sea aún algo desconocido.

    Desde los botones en piedras preciosas de los jubones del siglo XIV hasta los que Schiaparelli o Chanel ha utilizado en sus colecciones para marcar estilo como referencia a la clásica chaqueta de tweed con ribetes, esta pieza complementaria del traje ha desempeñado, a la par, funciones decorativas y utilitarias a lo largo de sus siglos de historia.

    El vocablo botón procede de un término francés que significa realzar y es que era precisamente eso lo que se perseguía en sus comienzos, embellecer las prendas de vestir. En el siglo XIII no era inusual encontrar un burgués acomodado que tuviera más de una veintena de botones en su ropaje, sin que hubiera dos exactamente iguales. Pero aunque su evolución la encontramos en la Edad Media, lo cierto es que ya existían cierres semejantes desde la prehistoria, según informa la web Curiosfera.

    Botones antiguos.

    En un primer momento, los botones no eran sino discos decorativos que se cosían a las prendas y no tenían la función de abrocharlas. Los primeros botones como tales fueron conchas de diversos moluscos, talladas y perforadas. Se datan del año 2000 a. C., y han sido hallados en el valle del río Indo.

    Pero entrados en la Historia, en las primeras civilizaciones –egipcia, sumeria, griega y romana- la moda era usar prendas de vestir holgadas y con pocas aberturas, por lo que los botones en esa época –fabricados mayoritariamente en marfil o hueso- tenían un sentido puramente estético, ya que se han encontrado hallazgos labrados y cubiertos de oro o con gemas incrustradas, pero por un fin de distinción de clases y no de sujeción de la ropa, que se realizaba con nudos o alfileres.

    Botones de la antigua Grecia.

    Los antiguos griegos ricos sujetaban el palio (prenda exterior principal del traje griego) con un broche de oro y en el Imperio romano las clases pudientes cogían su túnica y toga con una aguja de plata. Nadie sentía la necesidad de la botonadura.

    Pero no fue hasta el siglo XII cuando el botón adquiere utilidad, otorgándole el uso que ha mantenido hasta la actualidad y ello se debió al cambio que se produjo en la vestimenta masculina en Europa, en especial en Alemania. Este cambio condujo al abandono del uso de la túnica -llevada a lo largo de las civilizaciones antiguas y en la Alta Edad Media- y su sustitución por prendas estrechas y cosidas.

    De lazos a botones

    Con ello, las nuevas vestimentas ajustadas impedían el paso de las mismas a través de la cabeza y se hizo necesario que se efectuaran aberturas a las diversas piezas que -debiendo ser cerradas y estrechas- eran unidas por lazos y, luego, por botones. Es en este momento cuando se define también una convención en cuanto al cierre de los botones por ambos sexos: las prendas femeninas se abotonan de derecha a izquierda y las masculinas a la inversa, indica el portal Vestuario Escénico.

    El rey Enrique VIII de Inglaterra estaba obsesionado con los botones.

    Este pequeño artilugio permitió que las damiselas y caballeros teutones pudieran lucir ropa entallada, ajustados corpiños o, simplemente, cerrar las mangas de sus vestidos. Su finalidad era más ostentosa que meramente funcional, y a partir de entonces fue utilizado por nobles y cortesanos, que los lucían a modo de relucientes joyas de oro, plata y otros materiales preciosos.

    La utilización práctica del botón, con lo cual se define verdaderamente este pequeño elemento o complemento del traje, fue posible gracias a la introducción en Occidente del ojal. Hasta que no apareciera éste, el botón había sido utilizado, como señalamos anteriormente, como adorno o complemento de otros tipos de cierres, como el de las fíbulas o broches primitivos.

    Botón antiguo con dibujo en miniatura. / FOTO: METROPOLITAN MUSEUM

    De hecho, en este período comprendido entre finales de la Edad Media y mediados del siglo XIII, los botones eran tan apreciados y realizados con tan caros materiales, que uno de los títulos más ambicionados en la Corte fue el de Botonero mayor del Reino. También el gremio más distinguido fue el de estos artífices de los botones.

    En las cortes de Fernando III el Santo y de Luis de Francia el botón adquirió el grado de alhaja, sustituyendo al broche y elaborándose con piedras preciosas, oro y plata

    Ya sería en la corte de Fernando III el Santo (1199 -1252) y en la de su primo san Luis de Francia, cuando el botón adquirió más importancia y al lujo del vestido se unió el de las alhajas, entre las que figuraba el botón, que sustituyó al broche. A partir de entonces, se elaboraban botones esmaltados, diminutas piezas de oro o piedras preciosas que guarnecen las mangas de los vestidos y cierran los ricos jubones (prenda que cubría desde la cintura a los hombros, ajustada y ceñida al cuerpo), destaca una información de ABC.

    Botón de 1775 y botón de 1790  con la imagen de dos mujeres. / FOTO: MET MUSEUM

    Hasta treinta y ocho botones forrados de seda de colores tenía en el siglo XIII el vestido del hombre: desde el hombro a la cintura, sin que hubiera dos botones iguales en aquella botonadura. Toda una especie de muestrario de ingenio, pericia y riqueza.

    Además de usarse como adorno tuvo alguna función práctica. En pleno siglo XV en la corte de Enrique IV de Castilla (1425 -1474), el botón amplió su ámbito de uso. Ya no se empleaba solo para decorar el justillo, sino que se empleaba también en la decoración de mangas y hombreras sustituyendo poco a poco a las pasamanerías e incluso se ponían botones en los zapatos. Tenían función ornamental, pero también cumplían un papel práctico: reemplazar los galones, borlas, cordones y flecos de oro, de plata o de seda. Fue entonces cuando el botón se hizo objeto de deseo.

    Luis XIV mandó a coser 104 botones de diamantes en su abrigo.

    A modo de curiosidad, en 1520, Francisco I, rey de Francia, encargó a sus joyeros 13.400 botones de oro para ser cosidos a un traje de terciopelo negro y su nieto Enrique III se mandó a hacer, en 1583, 18 docenas de grandes botones de plata con forma de calavera. Famoso por prestar especial atención a su atuendo, Luis XIV, en 1684, poseía 104 botones de diamantes y en ese mismo año hizo partir un diamante de 52 quilates para hacerse dos botones. Dos años después, el joyero de la corte recibió el encargo de confeccionar 48 botones y 90 presillas para un chaleco del monarca y para ello empleó 816 piedras de color y 1.824 diamantes.

    Modelar botones

    Así en pleno siglo XVI cobró auge la profesión de modelar botones con metales preciosos; se elaboraron forrados con ricas telas, con flores secas o simplemente tallados en piedras preciosas; también de cristal tallado recubiertos con telas nobles para no dañar las zonas íntimas. Cada botón se fabricaba a mano, y sus artífices se preciaban de no hacer dos iguales. Eran obras de arte que decoraban las mangas de la ropa femenina, cuya botonadura corría a partir del codo sin otro fin que el lucimiento. Fue distintivo de la clase social y, en especial, de la nobleza.

    Detalles de botones joya de Isabel de Valois.

    En el siglo XVI se utilizaron como adorno de los botones de seda blanca, amarilla o anaranjada; botones de pedrería para señoras de clase; botones de azabache para damas de posición modesta. Su uso estuvo tan extendido que en el siglo XVIII no se concibe el vestido sin botones. Entonces era un elemento principal en las ricas casacas que se abrochaban por la cintura, aunque de toda una botonadura que podía acompañar a esta pieza, tan solo unos pocos botones eran funcionales; el resto no se abrochaban y eran meramente decorativos. Algo que derivó en el actual frac.

    Casacas con botones bordados. / Foto: MUSEO DE PARÍS.

    En el siglo XVIII apareció el botón esmaltado, portador de pequeños retratos en miniatura de la nobleza, por lo que artistas como Goya plasmaron sus obras en estos complementos

    Por entonces apareció el botón de metal esculpido y el botón esmaltado o lacado, portador de pequeños retratos en miniatura o escenas en paisajes. Francisco de Goya inmortalizó un caso claro en la tierna estampa que hizo a los duques de Osuna y a su hijos vestidos con botones de porcelana decorados con paisajes, como explican en el Museo del Prado. Este, además, es un ejemplo del tamaño que fueron adquiriendo los botones en el siglo XVIII, pero sobre todo, del intrincado artístico que podían entrañar, pues podían representar escenas cotidianas, de cierto regusto pastoril, e incluso, como incluyen algunos botones que se conservan en el Met de Nueva York, varias de las modas cambiantes de finales de siglo, apunta la revista Vogue.

    La infanta Isabel Clara Eugenia.

    Otra de las rarezas era lo que algunos llamaron botones hábitat que recreaban una especie de ecosistema en miniatura, con insectos disecados y hebras naturales de especies como el musgo montados en cristal. A su vez, también incluyeron todo tipo de mensajes, que podían ser de carácter amoroso e incluso de tintes políticos: no es difícil seguir el rastro en diferentes museos del mundo a botones con simbología vinculada a la Revolución Francesa.

    En este tiempo cobraron importancia, además, los botones andaluces, que se llenaron de filigrana de oro y plata convirtiéndose en obras de arte de los plateros cordobeses, maestros universales en un momento en el que el arte del botón alcanza su grado máximo.

    Botón de Fernando VI.

    El botón, que llegó a ser objeto de trueque para combatir la inflación, decayó al abandonar su finalidad ornamental y convertirse en elemento funcional en la Inglaterra de 1750. A ello también contribuyó que en 1758, el joyero alemán Joseph Strasser, encontró la fórmula para lograr una imitación casi perfecta de las piedras preciosas: el strass. Piedras falsas que, por otra parte, fueron acogidas con entusiasmo por el público y llevadas, incluso, por cortesanos de renombre para dar brillo a sus cierres en la ropa.

    El estilo british

    A finales del siglo XVIII comienza a destacarse dentro del mundo de la apariencia el estilo inglés. Esta corriente del vestir de la cada vez mas fuerte burguesía británica era, en esencia, más práctica, menos opulenta y ostentosa. Dentro del país que pronto sería el más industrializado del mundo, aparece la fabricación seriada del botón, aplicando en su elaboración nuevos materiales: hueso, metales moldeables como el acero, propiciando con ello que este objeto pudiera ser más asequible para las clases con menos poder adquisitivo.

    Un dandy británico.

    En 1805 el danés Bertel Sanders inventó un medio de unir mecánicamente dos pequeños discos de metal que luego se forraban: el botón a presión o automático. Su creación abarató tanto el producto que empezaron a usarse en el atuendo de lacayos, cocheros y mayordomos botones dorados, y se generalizaron en la confección de prendas de trabajo.

    Comenzaron también a fabricarse de materiales nuevos como el níquel, el cinc o el aluminio. Se hicieron botones de caucho, de corteza de coco, de crin de caballo e incluso de cuerno.

    Con el invento del botón automático prácticamente desapareció el ojal. Y, con la llegada de la cremallera, en 1890, el botón casi cayó en desuso, aunque sobrevivió porque la moda parisina lo rescató para la función medieval de contribuir al boato y brillo del vestido, devolviéndole su dimensión estética a principios del XX. Así, con el auge de la Alta Costura, se multiplicaron las colaboraciones entre los couturiers y los botoneros franceses. El Musée de la Nacre menciona por ejemplo a la factoría de Cléret, que trabajaba para Dior, Balenciaga y sobre todo, Balmain, uno de los primeros en traer de vuelta los botones decorativos.

    El botón y la Alta Costura

    En esta época los botones vivieron todo su esplendor, y para ello colaboraron estrechamente artistas y joyeros como Lucien Falize o René Lalique, ambos máximos representantes del Art-Nouveau. También destacó el artista Jean Schlumberger, que trabajó con Elsa Schiaparelli para varios de sus diseños de botones y piezas de bisutería, que transformó en sellos distintivos de su imaginativa forma de concebir la moda.

    Aunque hoy las mercerías escasean y ya no hay artistas dedicados a fabricar botones artesanales, aún hay extrañas maravillas perdidas entre las ciudades, como en Nueva York. Allí se encuentra Tender Buttons, un pequeño local en el que se venden única y exclusivamente botones. Antiguamente no habría sonado extraño el hecho de dedicarse por entero a la venta de estos tesoros -pues había ciertas tiendas de este tipo-, pero en la actualidad este peculiar negocio es único en el mundo. Tienen botones del siglo XVIII pintados en marfil, de cerámica Wedgwood -la más famosa-, de latón plateado de ejércitos, de perla tallada, de la época victoriana, esmaltes franceses exquisitos, botones de la antigua China, de plata de Art Nouveau o de plástico de Mickey Mouse de los años 40.

    Toda una colección de arte en miniatura que no ha pasado desapercibida para diseñadores como Ralph Lauren, Marc Jacobs u Oscar de la Renta, que visitaron este espectáculo de botones. En el más de medio siglo que lleva abierta, las dueñas han realizado ventas peculiares, como unos botones de cuerno de búfalo a Greta Garbo o un excepcional juego de botones de Lady Margaret Beaufort a Calvin Klein, informa la web TheLuxomonist.

    Botones joya de la tienda Tender Buttons, / Foto: DIVINITY.

    Diminutos cierres artísticos que, en su día, fueron ansiadas joyas y que casi se extinguieron cuando en el año 1941 el ingeniero suizo George de Mestral cambió radicalmente la manera de abrochar las prendas al inventar el velcro. Pero, pese a ello, aún el botón no ha logrado ser destronado del mundo de la moda.