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    Julio Peñas: «Es importante que se vean las banderas arcoíris en las ventanas y mostrar que estás orgulloso»

    Era un niño cuando tuvo clara su homosexualidad y, aunque vivió la «terrible pesadilla» del franquismo siendo un adolescente, asegura que la vida también le ha dado momentos de mucha felicidad. Si naciera de nuevo, no lo dudaría: «Volvería a ser lo que soy».

    Irma Cervino / NoticiasPositivas.press

    Han pasado cinco décadas desde los disturbios de Stonewall, Nueva York (28 de junio de 1969) y la lucha de las personas LGTB por sus derechos no ha tenido descanso en todo el mundo.

    El camino ha sido duro. Todavía hoy lo es. En más de setenta países, la homosexualidad sigue siendo ilegal y en algunos, incluso, se castiga con la muerte. Europa, América y Oceanía son la otra cara de la moneda y los logros en este sentido han sido notables en muchos de sus países.

    Para recordar que no se puede dar un paso atrás en el respeto, la igualdad y los derechos de las personas, solo por su orientación sexual, cada 28 de junio se celebra el Día del Orgullo.

    Julio Peñas tiene 69 años y, cuando era un niño, ya sabía que era homosexual.

    «Siempre lo supe», asegura en esta entrevista en la que todo lo que nos cuenta lo hace desde la comprensión que muchas veces él no ha sentido pero, por encima de todo, desde la esperanza de que esta lucha vale la pena porque en el fondo lo que está en juego es «la libertad y el amor».

    ¿No cree que todo sería mejor si en lugar de catalogar por la condición sexual habláramos de personas?

    Sin duda. Somos personas exactamente igual que otras. La única diferencia es que nos enamoramos de alguien de nuestro mismo sexo. No es nada más. Somos tan felices como cualquier otra pareja.

    ¿Cuál cree que es el origen de ese rechazo?

    Realmente no lo sé. Ojalá alguien lo supiera. Yo creo que ese origen puede estar en todas las religiones que, históricamente, han educado a las personas con esas ideas que han permanecido siglo tras siglo. Aunque es cierto también que, con el paso del tiempo, la religión tiene menos importancia en la educación y, sin embargo, ese rechazo sigue ahí. Quitando el factor religioso, realmente no entiendo por qué la gente sigue obsesionada con este tema. No entiendo por qué puede parecer mal que a un niño le guste otro niño o a una niña, otra niña. Es que no pasa nada, absolutamente nada. No hay diferencia, de verdad. Eres tan feliz con tu pareja y te sientes igual a cualquier vecino de tu casa.

    Usted era un adolescente cuando la dictadura de Franco. ¿Cómo vivió esa etapa?

    Lo pasé mal porque era consciente de que la inmensa mayoría estaba en contra de la homosexualidad y no había posibilidades de que que pudieras mostrarte con libertad. No había ningún sitio donde pudieras ser tú mismo. Recuerdo que siempre tenía que estar con mucho disimulo, con mucha precaución y prudencia. Había sitios, muy pocos, algunos bares donde te encontrabas a gusto. En la calle tenías que ir completamente ocultando lo que sentías.

    Supongo que mantener una relación era complicado por no decir imposible.

    Sí, era bastante complicado. Podías conocer a alguien y pasar tres o cuatro días estupendos pero, al quinto, esa ocultación con la que vivías, ese miedo interior que todos hemos sentido porque estábamos obsesionados con que no se nos notara, terminaba perjudicando la relación de pareja. Era muy difícil establecer una relación duradera. La vida amorosa era muy, muy difícil.

    ¿El fin de la dictadura fue una liberación?

    Cuando murió Franco yo tenía 23 años. Había crecido y madurado. Con el tiempo, todo te empieza a dar igual. Sí, aquello fue una libertad. Pensé que aquella situación de represión se había terminado y que podría empezar una vida más normal. Y así fue. Poco a poco, nos fuimos liberando, soltando y haciendo la vida que nos gustaba. Se fueron abriendo más espacios a los que podíamos ir y nos fuimos relajando. Todo parecía más fácil. Siempre había que gente que te veía, te insultaba y te gritaba pero te sentías más libre.

    ¿Trabajaba?

    Sí. Eso también me hacía sentir más seguro de mi mismo. Lo seguía pasando mal pero de otra manera.

    ¿Tenía pareja?

    Sí, en aquella época tuve una pareja y alquilamos un piso. Recuerdo que vivíamos como cualquier pareja. La comunidad de vecinos lo sabía. Todo el mundo lo sabía y no pasaba nada.

    ¿Y su familia? ¿Sabía que usted era homosexual?

    Tuve la suerte de que éramos diez hermanos y yo era el mayor de todos. Mis padres siempre estaban ocupados con los pequeños y con la vida familiar complicada que supone tener diez hijos. Así que a mi me dieron mucha libertad. Salía y entraba cuando quería. Nunca se metieron en mi vida. Sí que cuando tenía 20 años empezaron las típicas preguntas de ¿y cómo es que no tienes novia? Tardé hasta los 30 años en decírselo claramente. Un día les conté que me había enamorado de un hombre y que me iba a vivir con él.

    Y ¿cómo reaccionaron?

    En realidad ya lo sabían. Mi padre lo aceptó plenamente. Vino a nuestra casa a ayudarnos con unos muebles y lo llevó siempre con total naturalidad. Mi madre lo llevó peor. Ella era muy religiosa y creo que entraba en conflicto.

    ¿Piensa que es importante ponerse en la piel de los demás?

    Sin ninguna duda. Eso es lo que nos falta muchas veces. Pensar, sentir cómo sienten otras personas.

    ¿Qué le diría a un adolescente que ahora mismo esté en una situación de rechazo o de acoso?

    No soy mucho de dar consejos pero sí le diría que estuviera tranquilo y que actuara con naturalidad. Que no se escondiera. Que es preferible llevarte disgustos pero que siempre llegan los momentos de felicidad. Que siempre encuentras a gente buena, amigos y personas que merecen la pena. Esconderse es lo peor.

    ¿Cómo ve el avance de estos años en los derechos de las personas LGTB?

    Cada paso lo he vivido con esperanza. Cuando se aprobó el matrimonio igualitario pensé que sería definitivo pero, en estos últimos años, he sentido que la homofobia y el odio se han intensificado en algunos sectores y no sé por qué. Supongo que la época de Trump y todo ese derechismo desatado hizo un daño terrible.

    ¿Considera necesario la celebración del Día del Orgullo?

    Muy necesario, lo creo absolutamente necesario. Mucha gente cree que esto del orgullo es salir a la calle disfrazado y ya está. No es eso. Se trata de demostrar que somos iguales y tenemos la misma libertad para expresar nuestra alegría o para estar con quien queramos.

    Foto: Marc Aubà Basanta.

    La importancia de visibilizar

    Exacto. No sabes lo importante que es eso. Aquí ahora en Madrid estos días se ven banderiltas en las ventanas con los colores del arcoíris y, aunque pueda parecer una bobada, es algo muy importante. Es necesario que la gente se muestre como es, que no se oculte y que se sienta orgullosa de decir aquí vivo yo.

    ¿Ayuda a esa visibilización y concienciación que personajes públicos reconozcan su homosexualidad?

    Muchísimo. En el año 85, Rock Hudson reconoció públicamente que padecía sida y que era homosexual. Recuerdo perfectamente la importancia que tuvo aquella declaración porque era un galán de cine, un mito y aquello lo convirtió en un mito aun mayor. Recuerdo que pensaba: estamos en todas partes, somos como todos. Cada vez que un famoso lo asume, lo dice y muestra su felicidad, damos un gran paso.

    En el mundo del deporte aun cuesta reconocerlo

    Sí, todavía cuesta y no sabes qué importante es para muchos chicos y chicas porque el deporte es un mundo donde todavía hay mucho odio a la homosexualidad.

    Si tuviésemos una mente más abierta ¿todo iría mejor?

    Por supuesto. Y eso lo podemos comprobar en los niños que lo viven todo con más naturalidad.

    ¿Si volviera a nacer, elegiría ser cómo es?

    A pesar de los malos momentos que he tenido, momentos duros y de mucha tristeza, ahora mismo, soy muy feliz. Tengo una pareja desde hace cinco años y estamos encantados. Y, definitivamente, no me cambiaría por nadie.

    Cada vez que una persona famosa lo asume, lo dice y muestra su felicidad, damos un gran paso

    FOTOS: Marc Aubà Basanta.