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    Un tinerfeño entre samuráis

    El diplomático e ingeniero Juan Cólogan y Cólogan fue enviado a Japón en el siglo XIX asesorando, en nombre de España, al nuevo ejército imperial nipón en la restauración Meiji

    Juan Cólogan en Yokohama con otros militares enviados como espías. / Foto: Carlos Cólogan.

    Mónica Ledesma / NoticiasPositivas.press

    Guerreros, valientes y leales súbditos. Así es la imagen que las leyendas, las novelas y el cine han dibujado a lo largo de los siglos sobre los samuráis. Soldados versados, fieles al Emperador, cuyo mundo giraba en torno a la defensa de su señor. Pero lo cierto, es que más allá de historias milenarias, estos misteriosos hombres de la katana se ganaron a pulso su nombre, ya que la palabra samurái, en cuanto al vocablo, significa “el que sirve”.

    Los samuráis arribaron a Japón en el siglo VIII, aunque su mayor apogeo tuvo lugar a partir del período Heian (794-1185), perdurando hasta la época Meiji (1868-1912). En un primer momento eran guerreros asalariados conocidos como bushis, pero con el paso del tiempo, estos soldados fueron ganando presencia en palacio. Tal y como explica el doctor en Historia del Arte y experto en el mundo asiático, Marcos Sala Ivars, en una entrevista para el ABC, «en el siglo XII hubo un cambio radical en la política: se acabó con el sistema imperial y el control pasó a los samuráis. Se eliminó de facto la corte imperial, que pasó a tener una función protocolaria, y el gobierno lo tomó esta “nobleza guerrera” que se había empezado a estructurar en el siglo XII. A partir de entonces, y hasta el XIX, el samurái tenía ese carácter de nobleza y su título era hereditario», completa.

    Un grupo de samuráis.

    Durante más de diez siglos, los samuráis basaron su vida en el bushido (camino del guerrero), un código de conducta que regía la vida de estos soldados dentro y fuera del campo de batalla bajo los principios de la lealtad, el deber y el valor, lo que contribuyó a convertirlos hoy en mito. Su decadencia llegó cuando el gobierno les quitó el derecho a portar armas en 1876, después de que se sublevaran contra los nuevos movimientos burgueses y liberales nipones, quedando así abolidos sus privilegios y dando lugar a un clima de revueltas e inestabilidad en el país del Sol naciente.

    Esta decisión significó su abolición y su reintegración en la vida civil. Su legado siguió latente en la sociedad hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón modificó el antiguo código samurái para convencer a sus hombres de que debían combatir hasta la muerte por el Emperador contra los aliados.

    Guerreros samuráis. / Foto: ABC.

    Fue en este período de la restauración Meiji (1868 a 1912) cuando a Japón llegaron muchos militares, junto a asesores europeos y norteamericanos, para apoyar al gobierno nipón en la transición desde un estado feudal y hermético a uno abierto, proccidental e industrializado. Ayuda de potencias extranjeras aliadas entre las que destacó un español, el tinerfeño Juan Cólogan y Cólogan.

    Su misión en este decisivo momento para Japón y para el resto del mundo nunca fue recogido en los libros de Historia ni reconocido públicamente por España, aunque en pleno siglo XXI su sobrino, Carlos Cólogan, tuvo la suerte de encontrarse por casualidad con esta curiosa y sorprendente historia que decidió sacar a la luz. Según relata este ingeniero industrial e historiador de su antepasado samurái con sangre hispana, «mi tío Juan, como sus hermanos, nació en el municipio tinerfeño de Puerto de la Cruz. Fue militar e ingeniero, pero poco más sabía de él. Tras la muerte de mi abuela en 2002, la casa familiar se limpió y debajo de una escalera, encontramos un estuche de madera de balsa, muy ligero, que guardaba en su interior un pergamino enrollado conteniendo lo que parecía ser un viejo documento encintado».

    El emperador Meiji. / Foto: Wikipedia.

    Cólogan indica que «tras indagar en su contenido vi que este documento databa de 1898 y analizando el escudo que portaba el pergamino deduje que era el diploma recibido por mi tío como Caballero de la Orden del Sol Naciente de Japón. En un primer momento, la primera pregunta que me vino a la mente es qué pudo hacer Juan para recibir semejante distinción de un país tan lejano». No obstante, la respuesta estaba próxima a desvelarse, pues entre los otros objetos hallados en la casa de su abuela, aparecieron varios álbumes, medallas militares y diplomáticas y unas pocas fotografías. «Me acordé entonces de la película El último samurái, donde Tom Cruise daba vida a un militar americano que acabó en Japón atrapado por esta cultura, pero más allá de fotogramas lo que en realidad tenía eran las auténticas fotos de un canario en el Japón de finales del siglo XIX asesorando, en nombre de España, al nuevo ejército imperial», reafirma su sobrino.

    Juan Cólogan y Cólogan junto a otros diplomáticos extranjeros en Japón. / Foto: Carlos Cólogan.

    «Ante mí tenía fotos del ejército japonés en plenas maniobras militares, disparando sus cañones, con las tropas en formación y desfilando y hasta los oficiales posando con mi tío Juan como un observador militar. Todo un arsenal fotográfico sin igual», comenta Carlos Cólogan.

    Un espía en Japón

    Documentos inéditos, gráficos y textuales, que atestiguan que el tinerfeño Juan Cólogan y Cólogan fue el elegido por España para asesorar, analizar e informar sobre este momento de la Historia en el que Japón daba los primeros pasos hacia la era moderna, justo en unos años en que Europa era un hervidero de colonialismo rancio. Al respecto, Carlos Cólogan subraya que «Juan fue un destacado ingeniero militar, experto constructor de obras civiles y militares y con amplia experiencia en destinos como Filipinas y en la exposición universal de Chicago de 1873. Hablaba perfectamente inglés y francés y tenía unas dotes diplomáticas innatas, casi un espía revestido de diplomático», ironiza su sobrino.

    En 1895 se embarcó desde Marsella hacia Japón donde escribió casi una treintena de informes sobre las unidades militares japonesas, sus fábricas, sus armas, la logística y organización, etcétera, documentos que remitía periódicamente al gobierno español. «Sorprendente muchos de estos informes (posiblemente copias) junto con libros repletos de fotos llegaron a Tenerife y quedaron guardados en casa de mi abuela hasta que volvieron a aparecer tras años en el olvido. Por eso, cuando los vi pude intuir lo complicado de aquella misión justo es los años en que España perdía sus últimas posesiones (Cuba y Filipinas) ante la pujanza de las nuevas potencias», asegura el investigador.

    El álbum de fotografías de Juan Cólogan y Cólogan. / Foto: Carlos Cólogan.

    Además, Carlos Cólogan añade que «formalmente, el rol de Juan en Japón era el de agregado militar, pero en cierta medida, observaba o más bien habría que decir, espiaba, todo lo que sucedía con aquel país presto a convertirse en la gran potencia militar de Asia. Los informes, detallados y exhaustivos, calibraban el armamento, las tropas, la metalurgia, las fuerza navales, todo con sus opiniones fundamentadas no solo por su condición de militar sino como ingeniero».

    Un último samurái español que deja en el aire muchas incógnitas para su sobrino e historiador del caso, en concreto la que ahora se repite continúamente sobre ¿qué hacen en Tenerife esos informes confidenciales? ¿No se fiaba Juan Cólogan de su Gobierno?

    La era Meiji fue el nacimiento del Japón moderno. / Foto: Wikipedia.

    «No tengo la respuesta a estas preguntas, pero lo que sé es que mi tío no era un traidor ni mucho menos y no andaba regalando esos informes a cualquiera, pero lo que está claro es que lo que debía ir a Madrid acabó en Tenerife y en parte, gracias a ello, ahora ha sido posible conocer esta otra parte de la historia», matiza Carlos Cólogan.

    Bernardo Cólogan y 55 días en Pekín

    No obstante, la vida de Juan Cólogan y Cólogan y sus andanzas niponas no es la única que ha rescatado Carlos de la amplia historia de su familia, pues hace unos años publicó varios libros sobre la historia de su bisabuelo, Bernardo Cólogan. Un diplomático tinerfeño que jugó un decisivo papel en la rebelión de los bóxers en China, ocurrida en 1900, y que dio origen a la famosa película 55 días en Pekín.

    Bernardo Cólogan. / Foto: Carlos Cólogan.

    Carlos Cólogan cuenta que entre los tesoros familiares de su abuela apareció un álbum familiar en el que se atestiguaba este importante acontencimiento protagonizado por su bisabuelo, que vivió en China desde 1895 a 1902. La curiosidad le llevó a indagar en la vida de este ilustre personaje, dando como resultado una historia única, a través de sus memorias, que le llevó a publicarla, en colaboración con el Ministerio de Asuntos Exteriores, en el libro Bernardo Cólogan y sus 55 días en Pekín.

    El investigador Carlos Cólogan rescata de documentos familiares el importante papel que jugaron su tío y su bisabuelo en momentos cruciales para Japón y China

    Carlos Cólogan trabajaba en ese momento en recopilar datos sobre la vida de su bisabuelo Bernardo Cólogan cuando su padre, sobrino nieto de Bernardo, recordó un libro que el propio Bernardo había escrito durante su etapa en China y al que la familia no prestó mayor atención durante muchos años. Un manuscrito que ponía de manifesto que Bernardo Cólogan y Cólogan fue un personaje fundamental en las negociaciones entre las potencias occidentales y la China imperial tras la rebelión de los bóxer, que había estallado en 1899. Testimonio redactado en primera persona que, además, ha permitido descubrir que el Protocolo Bóxer, el tratado que tras la revuelta recondujo las relaciones entre China y Occidente, se firmó en la embajada de España en Pekín.

    «En la Legación de España, 22 de septiembre de 1901», había dejado constancia Bernardo Cólogan al narrar los hechos que desmontaban que el documento de paz se había rubricado en legación inglesa. Un sorprendente dato, desconocido hasta ahora, que además inmortalizaba con una fotografía, rebatiendo un hecho histórico olvidado y oculto por las potencias extranjeras, en especial por Inglaterra, para marginar la trascendente labor del diplomático español en la firma de la paz», incide el historiador que ha recopilado estos documentos en su blog personal.

    Bernardo Cólogan (centro) junto a diplomáticos aliados. / Foto: Carlos Cólogan.

    Bernardo Cólogan nació en 1847 en el municipio tinerfeño de Puerto de la Cruz, donde la familia Cólogan, de ascendencia irlandesa, había prosperado gracias a la exportación de vino a Europa y América, hasta convertirse en una de las dinastías más poderosas del norte de la Isla. A los 18 años accedió a la carrera diplomática, que inició en Grecia como joven de lenguas (intérprete y traductor). Tras pasar por Constantinopla, Caracas y México, Bernardo Cólogan llega a China en 1894. Cinco años después, en noviembre de 1899, los rebeldes de los puños enhiestos, los llamados bóxer, se sublevan contra la injerencia extranjera en el país asiático.

    Los rebeldes y los soldados imperiales sitiaron el barrio de las Delegaciones de Pekín, que fue atacado durante 55 días. Los embajadores de Alemania y de Japón no sobrevivieron a la revuelta. Los incidentes, que se prolongaron durante casi dos meses, se llevaron 63 años después al cine por Hollywood en el mítico filme 55 días en Pekín.

    Bernardo Cológan recibió numerosas condecoraciones por su papel en China.

    En agosto del año 1900, la Alianza de las Ocho Naciones puso fin a la rebelión de los bóxer. Fue entonces cuando Bernardo Cólogan, cuyo cargo era el de ministro Plenipotenciario (asimilable al de embajador), comenzó a desempeñar un papel trascendental para solventar el conflicto. Como decano del cuerpo diplomático acreditado en Pekín, condición que ostentaba por ser el más antiguo en el cargo, el representante del Gobierno de España lideró las negociaciones que condujeron a la firma del Tratado de Xinchou o Protocolo Bóxer.

    Dinastía Qing

    Un documento, firmado el 7 de septiembre de 1901, en virtud del cual la dinastía Qing se comprometió a reparar las consecuencias de la revuelta con el pago de 400 millones de taels a las potencias occidentales, entre ellas Inglaterra y Francia. «Nunca nadie en la historia de España había negociado antes a tan alto nivel como lo hizo Bernardo en China», subraya Carlos Cólogan, quien, más de un siglo después de que su bisabuelo Bernardo asumiera tal responsabilidad, decidió publicar su investigación en un libro repleto de historia.

    Reunión previa a la firma del Protocolo Bóxer. / Foto: Carlos Cólogan.

    Bernardo Cólogan se molestó en documentar todo el proceso en un documento que legaría después a su familia, la cual no pudo rescatarlo del olvido hasta poco después de 2002. «En el libro hizo 48 láminas con fotos. Está escrito en francés, el idioma diplomático de la época, y además firmado por todos los embajadores. Es más, lo hizo también con los chinos», detalla el autor.

    Bernardo Cólogan, embajador español en la capital china, regresó a Europa después de la firma del Protocolo Bóxer, cuya negociación se prolongó durante un año hasta que la dinastía Qing accedió a suscribir el tratado. Un ilustre tinerfeño que fue distinguido por su destacado papel en el proceso con la Gran Cruz de la Orden del Águila Roja de Prusia, la Orden de Santa Ana de Rusia o la Gran Cruz de la Orden de la Estrella Polar de Suecia. Además, Francia lo condecoró como Gran Oficial de la Legión de Honor y el Gobierno español le concedió la Gran Cruz del Mérito Militar.

    Bernardo Cólogan (sentado a la derecha) durante su estancia en Pekín. / Foto: Carlos Cológan.

    La única excepción a estos extraordinarios reconocimientos internacionales fue Inglaterra, que aún hoy sigue sin rendirle tributo, un hecho en el que todavía subyacen los desencuentros que tuvo en su día con el embajador de aquel país, a quien Bernardo Cólogan, en sus funciones de decano del cuerpo diplomático, no quiso expedirle la credencial hasta que dispusiera de todos los documentos.

    Ya de nuevo en España, Bernardo Cólogan dejó la documentación oficial a buen recaudo en el entonces Ministerio de Estado (Exteriores conserva el documento del Protocolo Bóxer), pero, en cambio, el libro personal en el que había escrito sus vivencias y reflexiones, y al que tantas horas dedicó en escribir, iba a quedar en manos de su familia. En 1924, el diplomático español entregó en Madrid su histórica colección de imágenes y documentos a su sobrino Leopoldo Cólogan Zulueta, abuelo de Carlos Cólogan e Ignacio Osborne, consejero delegado del Grupo Osborne.

    Leopoldo llevó el libro hasta la casa familiar en Puerto de la Cruz, y allí se quedó guardado durante años hasta que la investigación de Carlos Cólogan propició el redescubrimiento de tan histórico legado. Un tinerfeño que no sólo había sido la voz de Occidente en las negociaciones con China, sino que actuó a modo de cronista de un documento histórico sin igual.