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    Dime cómo te llamas…

    El origen de los nombres y apellidos es más curioso de lo que se piensa y, en muchos países del mundo, las leyes prohíben registrar a los recién nacidos con determinados apelativos

    Mónica Ledesma / NoticiasPositivas.press

    No existe un origen concreto sobre los nombres, pero si buscamos una razón para este valor designativo la encontramos en una necesidad y un deseo del ser humano de ser designado. Mientras que el apellido es algo relativamente nuevo, esta seña de identidad propia está desde la prehistoria, aunque su importancia llegó con el Génesis, en el que se afirma que Dios, nada más separar la luz de las tinieblas, a la luz la llamó “día” y a las tinieblas “noche”. Más tarde, el hombre dio nombre a todos los animales. Y si seguimos las sagradas escrituras, el primer nombre masculino fue Adán y el femenino Eva.

    Hoy no concebimos conocer a una persona sin que lo primero que preguntemos sea cómo te llamas, más allá de importar su procedencia o su religión. El nombre dice mucho de cada uno y de quienes nos lo han puesto, también de la sociedad, sus modas, historia y evolución. El nombre es, por tanto, la designación o denominación verbal que se le da a una persona, animal, cosa, o concepto tangible o intangible, concreto o abstracto, para distinguirlo de otros. Como signo en general es estudiado por la semiótica, y como signo en un entorno social, por la semiología.

    Adán y Eva, los primeros nombres de la Historia.

    Todos los nombres tienen un significado, un sentido y un origen determinado cargado de historia. Hasta el siglo V, las personas tenían un sólo nombre, pero como sus hijos no podían heredarlo y muchas personas se llamaban igual, se puso en práctica el apellido. El sistema de designar a las personas con nombre y apellidos se ha perpetuado en el tiempo, permitiendo una existencia legal de cara a la sociedad y a la ley a todos los bebés que hayan sido inscritos en el registro y estén oficialmente censados. En el registro ya no hace falta mencionar el estado civil de los padres porque en algunos países ser considerado ‘ilegítimo’ puede tener repercusiones legales y sociales para el niño.

    Esto nos permite un reconocimiento por parte del Estado y una nacionalidad que nos posibilita el acceso a la escuela, gozar de los servicios de salud y solicitar el disfrute del conjunto de nuestros derechos. Sin embargo, cuando no se inscribe en el registro oficial de su país de origen a los niños, éstos carecen de existencia legal, es decir, a los ojos de la ley no existen.

    Por este motivo, es un Derecho del niño, en todo el mundo, que los recién nacidos sean inscritos, declarados y nombrados desde su nacimiento, porque a partir de ese momento, el Estado y las leyes de esa nación, le reconocen, saben que existe y es partícipe del conjunto de los derechos que les reconoce la Convención Internacional de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño.

    Legislación

    En este sentido, las leyes permiten en numerosos países, incluido España, registrar a los niños con un nombre elegido por sus progenitores. Y ya el registro civil admite Lola, Concha, Pepe o Manolo como nombres propios y no como diminutivos. No obstante, hay excepciones y muchos nombres están prohibidos, sobre todo los que ya lleve algún hermano, los que puedan causar confusión, como un apellido convertido en un nombre, o los que perjudiquen a la persona, “por ello se excluyen los que resulten por si o en combinación con los apellidos, deshonrosos, humillantes o denigrantes”.

    En un artículo de La Vanguardia se incide en que las modas han contribuido al uso de unos nombres más que otros, según épocas. Por ejemplo, la costumbre de dar al bebé el nombre del santo del día que nacía fue cayendo en desuso, al mismo tiempo que lo hacían los más tradicionales como Antonio o Josefa y proliferaban Kevin o Vanesa. También la tradición de nombrar a los hijos como los padres o los abuelos, salvo que exista una vinculación afectiva muy intensa o se quiera destacar la pertenencia a una saga familiar, ha ido decayendo en muchos países, aunque aún sigue siendo frecuente en Estados Unidos, donde a muchos gentilicios se les añade el junior para señalar que estamos hablando del vástago y no del progenitor. Y algunos nombres quedan marcados por las circunstancias de algunos de sus portadores, como es el caso de Adolf en Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

    En Estados Unidos no existen leyes que regulen los nombres, lo que no sucede en la mayoría de países europeos y sudamericanos, que prohíben aquellos que resulten ofensivos o dañen la autoestima de la persona

    En España, la consecuencia es que ha disminuido la cantidad de Erundinas o Rudesindos. De hecho, un pueblo de Burgos, Huerta del Rey, optaba hace años al récord de nombres raros, que no son tal, o que al menos no lo fueron en su día: hoy simplemente están en riesgo de extinción. En la citada localidad se celebró hace años un encuentro de nombres raros, con asistentes tales como Burgundónfora, Cancionila, Sindulfo u Onesiforo; pues bien, en la actualidad algunos de estos nombres ya no figuran en las listas del Instituto Nacional de Estadística (INE).

    Algo similar ha ocurrido en los países de nuestro entorno cultural. De acuerdo con un estudio de los registros de la Universidad de Oxford de 1560 a 1621, los nombres más comunes eran Juan, Tomás, Guillermo, Ricardo, Roberto, Eduardo, Enrique, Jorge y Francisco. Asimismo, en Inglaterra y Gales, los nombres más populares en el año 1800 eran Mary y John. Casi dos siglos más tarde, en 1994 habían sido desplazados por Emily y James. Con todo, los nombres masculinos se habían renovado poco, mientras que los femeninos se habían incrementado desde flores (Rosa, Margarita, Hortensia) a países, meses del año, diosas o incluso estaciones.

    Historia

    La historia también ha dejado su impronta y civilizaciones antiguas, como la griega o la romana dejaron su impronta en el mundo occidental. Nombres que el cristianismo luego transformó. La costumbre de imponer nombres cristianos a los bebés a la hora del Bautismo (de ahí la expresión nombre de pila) la encontramos en los primeros cristianos que comenzaron a adoptar nombres bíblicos, por lo que son los más numerosos, con sus cambios de grafía, como es el caso de Susana, que viene del hebreo Soshanna, o Isabel, derivación de Elisa, que a su vez lo es del hebreo Elisheva.

    También se introdujeron nombres de la liturgia o de virtudes o derivados de la civilización romana, como Julio, César o Augusto (cabe destacar que en la época romana se utilizaban con I, II, V, VI para indicar el orden de nacimiento). A todos ellos se sumaron en nuestras culturas los procedentes de las invasiones germánicas, que glorificaban la guerra o la fortaleza. Estos nombres, por fortuna para sus portadores, también se fueron adaptando a las lenguas latinas y así del gótico gails, que significa alegre, surgió Gelovira antes de convertirse en Elvira, o del también gótico frithu, que significa paz o alianza conjuntado con nanth, atrevido, acabó en Fridendandus, reconvertido en Fernando.

    Un dato curioso en la evolución de los nombres data a finales de la Edad Media, pues en este período era raro que sin pertenecer a la realeza o nobleza se tuviese en propiedad alguna vivienda o tierras. Fue a partir del momento en el que la burguesía tuvo acceso a bienes inmuebles, y por tanto a tener que generar documentación que acreditase su propiedad, cuando apareció la conveniencia de poder identificar a quién pertenecía cada cosa. De esta forma el nombre de pila se convirtió en insuficiente, así que comenzó a añadirse en la documentación, y junto al nombre, alguna peculiaridad que identificase al propietario fácilmente.

    También la influencia de los hechos históricos ha marcado la evolución de los nombres propios. En España, por ejemplo, durante la II República aparecieron nombres como Pasionaria, Democracia o Liberto. La llegada del franquismo hizo cambiar muchos de esos nombres en el registro, pero todavía existen Acracias y Fraternidad en las estadísticas.

    Actualmente, dependiendo del país, existe más o menos libertad a la hora de escoger el nombre de una persona. Así, en países como Estados Unidos, no existen limitaciones de ningún tipo, ya que no hay ninguna ley que lo regule. Sin embargo, en la mayoría de países europeos y muchos países sudamericanos, están prohibidos los nombres que puedan resultar ofensivos y dañar la autoestima del niño, informa la web Guía Infantil.

    Así, en países como Rumanía, los niños no podrán llevar nunca nombres que puedan resultar cómicos. Por ejemplo, Paracetamol o Doctor. También se prohíben los nombres indecentes y ridículos. Y es que hay personas con nombres realmente extraños como Toronegro, Tonto y Muerto.

    No a Superman

    Y mientras que en Suecia prohibieron los nombres de Superman, Batman y Metallica, en República Dominicana o Malasia decidieron prohibir los nombres de frutas y marcas de automóvil. En México, también se han vetado algunos nombres al considerarlos denigrantes para un niño. Es el caso de Rambo, Cacerolo, Facebook , Marciana’, Harry Potter, Hitler, Usnavy , Cesárea, ‘ames Bond, Terminator o Fulanito.

    En Brasil existe una ley que prohibe los nombres que puedan resultar vejatorios para el bebé, y existen nombres prohibidos al tener una grafía confusa para los niños que pueda interferir en su alfabetización. Algo que también sucede en Islandia, donde no está permitido emplear los que empiecen por la letra C, algo que es debido a que en el idioma no existe la mencionada letra.

    En países árabes, como Marruecos o Arabia Saudí, se prohíben hasta 50 nombres, fundamentalmente por considerar que tienen un origen hebreo o una connotación religiosa, como Binyamin (Benjamín en hebreo), Sarah y otros por ser extranjeros, como Linda o Alice.

    En países árabes, como Marruecos o Arabia Saudí, se prohíben hasta 50 nombres por considerar que tienen un origen hebreo o connotación religiosa

    En España están prohibidos los nombres que puedan ser ofensivos, ridículos, impropios o vejatorios para el niños, como Lucifer, Mandarina, Caín o Judas. Pero sí pueden ponerse nombres como Marciana. Y los padres españoles también deben tener en cuenta el apellido del niño, ya que no pueden formar nombres compuestos que generen burla.

    Antiguamente muchas personas tenían tres y hasta cuatro nombres, pero actualmente los nombres que se permiten registrar en el caso de España son sólo dos. Igualmente, aunque muchos nombres acaban convirtiéndose de forma cariñosa en diminutivos, lo cierto es que estos no se consideran nombres como tal en el registro civil. De este modo, está prohibido poner al bebé Jaimito o Laurita.

    Si bien los nombres más comunes siguen siendo Antonio, José, María o Lucía (entre otros), cada vez se dan más casos de padres que buscan la originalidad. Quieren que su hijo sea único, y terminan escogiendo nombres como Digna, Shakira, Burger King o Miley.

    Si se busca un nombre curioso, el autor Roberto Faure recopiló en un diccionario más de 13.000 nombres de todo el mundo y, además, hizo lo propio con los apellidos españoles. Pero, si buscamos nombres bíblicos, la escritora Carla Vázquez de Haro rescató 25.000 nombres de bebés en un libro de obligada consulta para los futuros papás.

    Los apellidos

    Por su parte, el apellido es el nombre antroponímico de la familia con que se distingue a las personas y entró en nuestras vidas en la edad moderna. Hasta que se extendió el uso del apellido sólo la nobleza lo había utilizado y éste no era otro que el nombre de la casa a la que pertenecían: Tudor, Alba, Lancaster, Borbón, Austria, etcétera.

    En España, el cardenal Cisneros inició en 1505 el sistema de fijar apellidos que continúa hasta hoy; antes, hermanos nacidos del mismo padre y la misma madre podían tener apellidos diferentes. A partir del siglo XIX en España y en Latinoamérica se fue imponiendo, primero como uso y después como norma en diversos ámbitos administrativos, legales, militares, entre otros, el sistema de doble apellido; en primer lugar el procedente de la familia del padre y en segundo el de la madre.

    En sus orígenes, el apellido derivaba de la profesión de esa persona: Juan Carpintero, José Herrero, Manuel Alfarero. Otra fórmula era poner alguna característica física: Juan Tuerto, José Moreno, Manuel Cojo. El lugar de procedencia, en caso de no ser autóctono, también fue otro motivo de distinción: Juan Madrid, José Toledo, Manuel Sevilla. Si ninguna de estas formas era posible aplicarlas (porque estaban repetidas) entonces se le añadía el nombre de pila del progenitor (patronímico): Juan de Lope, José de Martín, Manuel de Rodrigo, aunque con el paso de los años a la preposición ‘de’ se le añadió el sufijo -ez que venía a significar lo mismo, de ahí que pasasen a ser: Juan López, José Martínez, Manuel Rodríguez, según un artículo de 20minutos.

    En el ámbito hispánico la identificación formal o nombre de una persona está hoy compuesta del nombre de pila, apellido paterno y apellido materno, pero desde el año 1999 la legislación española permite cambiar el orden de los apellidos. De esta forma, de común acuerdo de los padres, el apellido materno puede anteceder al del padre. Adicionalmente, la legislación española permite la unión de dos apellidos para formar uno compuesto. Esta práctica es común cuando el segundo apellido (el que proviene de la madre) no es corriente y no se desea perder. Al unirse ambos apellidos en un único compuesto se utiliza, generalmente, un guion.

    Árbol genealógico.

    El uso de los apellidos es muy distinto entre las culturas del mundo. En particular, los habitantes de Tíbet y Java a menudo no utilizan apellido. En Rusia, Ucrania y Bulgaria, el nombre completo de una persona (antropónimo) consta del nombre de pila (patronímico) y apellido. La mayor parte de los apellidos rusos tienen origen patronímico, es decir, derivados de nombres masculinos añadiendo el sufijo -ov (a) o -ev (a), donde la «a» se utiliza para el género femenino.