El proyecto EnsAK se alimenta de energía solar y promete depurar aguas residuales en catástrofes y zonas de guerra
Redacción
Cuando un terremoto, una inundación o un conflicto armado arrasan con las infraestructuras básicas, el problema del agua va mucho más allá de la escasez. Las redes de saneamiento colapsan y las aguas residuales pueden suponer un grave riesgo de enfermedades. Y esto no es una posibilidad remota, sino una consecuencia cuando miles de personas se ven obligadas a convivir sin sistemas de depuración.
En ese contexto, el agua deja de ser un recurso y pasa a ser una necesidad. No se trata solo de beber, sino de evitar que los propios residuos contagien de manera masiva. Aquí es donde aparece el proyecto EnsAK, que tiene como objetivo ofrecer un sistema capaz de tratar aguas residuales de forma rápida, eficaz y autónoma, en caso de situaciones de emergencia.
El profesor Markus Rörhricht, investigador de la Universidad Técnica de Hesse Central, es quien se encuentra detrás de este proyecto. Junto con su equipo, ha conseguido desarrollar un sistema de depuración alimentado por energía solar y pensado para situaciones de desastres, ya sean naturales o creados por el ser humano.
El trabajo no habla de conceptos teóricos, sino que expone, tal y como se explica en el comunicado publicado en la página web de la revista técnica gwf Wasser, como desde el pasado mes de septiembre este sistema se ha estado probando en la planta de tratamiento de aguas residuales de la localidad alemana de Lollar.
La idea de fondo es muy ambiciosa: tener una planta que pueda montarse en pocos días, que funcione con luz solar durante el día y que permanezca activa por la noche sin perder eficacia. Y para que esto sea posible, tenemos que presentarte el corazón de este sistema.

Estamos ante un reactor biológico. Pero, antes de seguir con esta noticia, es interesante detenerse a definir este concepto. Este tipo de reactor es el lugar donde los microorganismos hacen el trabajo sucio. A modo de resumen, podríamos definirlo como una cámara donde se introducen las aguas residuales y se crean las condiciones adecuadas para que las bacterias se alimenten de la contaminación.
En el interior de este tipo de plantas existen cubos de espuma repletos de microorganismos, que forman una película que se alimenta de la contaminación orgánica presente en las aguas residuales. A medida que la película crece y se renueva, también degrada la materia contaminante. El material que sobra acaba por desprenderse y se deposita como sedimento.
Antes de llegar al reactor, las aguas residuales pasan por un pretratamiento. Es ahí cuando se eliminan los residuos más gruesos y cuando se separan las grasas. Después, el sistema experimental es el que toma el relevo. El resultado, según los primeros datos, es muy interesante.

Los investigadores explican que este sistema limpia el agua casi como una depuradora convencional. Esto, en la práctica, significa que elimina alrededor del 90 % de la suciedad orgánica. Además, también consigue disminuir entre un 60 % y un 70 % el nitrógeno. Si este elemento llegasea ríos o lagos, provocaría un crecimiento descontrolado de algas y la degradación de la calidad del agua.
El sistema cuenta con un control continuo y varias veces a la semana se toman muestras de agua que recogen todo lo que ha pasado por sus circuitos durante doce horas seguidas. Más tarde se analizan en el laboratorio a través de métodos tradicionales, con lo que estamos ante una evaluación muy rigurosa.
El poder de la innovación
Se sabe, por cierto, que el proyecto EnsAK tiene una duración de dos años y ha sido financiado con 242. 500 euros. En él colaboran universidades, empresas tecnológicas y la entidad que gestiona la depuradora de Lollar. El día a día de la planta es supervisado por estudiantes de máster, que se encargan de comprobar que todo funciona correctamente.
Pero el trabajo no termina ahí. El siguiente paso es hacer que el sistema sea más rápido, más ligero y más fácil de desplegar. El objetivo de los investigadores es pasar de las 16 horas que tarda el agua en limpiarse dentro del reactor a unas 10 horas. Esa diferencia de tiempo puede ser fundamental en situaciones de emergencia.
El equipo busca reducir la cantidad de cubos de espuma del reactor para hacer el sistema más pequeño, barato y fácil de transportar. En el laboratorio, el estudiante de biotecnología Nicolas Jost, ya está probando distintos tipos de materiales para esos cubos, con poros más finos o más grandes. Además, está sometiendo al sistema a mayores cantidades de aguas residuales para ver hasta dónde puede rendir sin perder eficacia.

Sabemos que la planta piloto funcionará durante un año y que lo hará para comprobar cómo responde a distintas temperaturas y condiciones climáticas. Porque llegada una emergencia real no se puede elegir la mejor estación o el clima. Es decir, el sistema tiene que ser capaz de funcionar tanto con frío como con calor.
Si las pruebas salen bien, el proyecto EnsAK podría utilizarse en lugares con crisis humanitarias, pudiendo alzarse como una herramienta decisiva para evitar enfermedades. Ya no hablamos de pulir una tecnología novedosa, sino de tener un sistema de salud pública en situaciones de emergencia.
Fuente: National Geographic