Redacción
Está en el centro, justo encima de la costura. Es discreto y aparece en más prendas de las que solemos recordar. Para muchas personas, el lacito en la parte delantera de las bragas es solo un adorno o un gesto estético heredado del diseño de lencería. Pero su origen es más práctico
La idea de que el lazo tiene historia y utilidad es, sencillamente, por una solución funcional cuando la ropa interior todavía no contaba con elásticos modernos. En el siglo XIX poder atarse las bragas como si fuera un corsé era sinónimo de clase alta. Por lo tanto, cuanto más bonito era el lazo, más capacidad adquisitiva tenía la dueña de estas prendas íntimas. El lugar escogido para situar este lazo, en el centro en la parte delantera, se debió a su practicidad.
Durante buena parte del siglo XIX, la ropa interior femenina en Europa y Norteamérica se componía de varias capas: chemise (camisa interior), drawers (calzones), combinaciones, etc. En ese conjunto de prendas, lo habitual no era un cinturón elástico como hoy, sino cintas, ojales, botones y cordones para ajustar el talle y permitir movimiento.
Hay ejemplos claros en colecciones y museos especializados en lencería histórica. Prendas como los split drawers (calzones abiertos) se ajustaban a la cintura con cordón. Una pieza descrita por Underpinnings Museum, por ejemplo, especifica que la cintura se cierra con un drawstring (cordón) y que la prenda incluye detalles de encaje y pasacintas; en ese caso concreto, el cordón se anuda en el centro de la espalda.
En otros modelos, el cierre se resolvía delante. En cualquier variante, la lógica era práctica: permitir tensar y ajustar la prenda sin depender de elásticos como los actuales.

El otro motivo por el que el lacito ha sobrevivido al paso del tiempo es más cotidiano que histórico: hoy funciona también como una señal rápida para distinguir la parte delantera, especialmente cuando te vistes deprisa o con poca luz.
El gran cambio en la historia de la ropa interior es el elástico: pasar de ajustar con cordones y botones a sostener con bandas que recuperan su forma. La investigación y la industria del caucho despegaron en el siglo XIX, y ya desde la década de 1820 se desarrollaban usos de goma elástica en elementos como tirantes y algunos cierres.
Aun así, que existiera el material no significó que se incorporara de inmediato y de forma masiva a toda la ropa interior. La adopción generalizada fue gradual y durante décadas convivieron cierres con cintas, botones y ajustes elásticos. Es decir, el lazo dejó de ser imprescindible como solución de ajuste, pero se mantuvo como un detalle reconocible que el diseño no quiso soltar.
Fuente: La Razón